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Palabras de Domingo |
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SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS
Para casi todo el mundo, el Apocalipsis resulta extraño.
Quizás hemos intentado leerlo sin mucho éxito. Si lo
consideramos una profecía sobre una guerra final contra
bestias extrañas, deberíamos replantearnos su propósito. El
título mismo ofrece una clave para comprender su verdadero
significado. La palabra «Apocalipsis» proviene de dos
términos griegos: *apo*, que significa «quitar», y *kryptein*,
que significa «cubrir». El propósito del Apocalipsis es
retirar el velo que cubre la verdad de Jesucristo.
El Apocalipsis fue escrito durante la persecución de los
cristianos a finales del siglo I. Los creyentes sufrían el
martirio por negarse a adorar al emperador. Inspirada por el
Espíritu Santo, la obra busca alentar a los creyentes a
resistir la persecución y a adorar a Jesucristo como Señor.
Revela la liturgia del cielo, en la cual participan los
hombres y mujeres cuando asisten a la Misa.
Las pruebas de ello son contundentes, aunque sutiles. Todo
comienza en el «día del Señor» (el domingo), el día en que
asistimos a la Misa. Juan, el narrador, dice: «gracia y paz
de parte de aquel que es, que era y que ha de venir»; una
expresión muy similar al saludo que ofrece el sacerdote al
comienzo de cada Misa. A continuación, Juan relata los
pecados de las siete iglesias en Asia Menor, lo cual
corresponde al acto penitencial. Luego, el anciano es
llevado al cielo, donde ve un rollo —«escrito por dentro y
por fuera»— que está sellado. Solo el Cordero, que es
Cristo, puede abrirlo. El rollo contiene las lecturas
bíblicas de la Misa, las cuales hablan de Cristo mismo.
Durante la liturgia celestial, se escucha la aclamación...
«Santo, santo, santo...», tal como ocurre en la Misa. La
primera lectura de hoy describe a quienes participan en esta
liturgia. Los 144 000 hombres y mujeres pueden entenderse
como los santos reconocidos formalmente por la Iglesia. El
otro grupo, mucho más numeroso, puede verse como los santos
desconocidos —quizás nuestros propios padres y abuelos— que
vivieron amando tanto a su prójimo como a Dios. Existen
otros paralelismos entre nuestra Misa y la liturgia revelada
a Juan en el cielo, pero aquí mencionaremos solo uno más.
Hacia el final del libro, un ángel declara: «Bienaventurados
los invitados al banquete de bodas del Cordero». Estas son
casi las mismas palabras que el sacerdote pronuncia antes de
la Comunión en la Misa.
El libro del Apocalipsis revela la naturaleza de la Misa.
Mucho más que una simple reunión de creyentes, la Misa es
nuestra participación en la Eucaristía celestial. Junto con
los elegidos a lo largo de los siglos, tomamos parte en la
adoración eterna de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Puede que no siempre sintamos entusiasmo por participar en
una liturgia eterna; es incluso posible que las liturgias
nos parezcan tediosas. (¡Se dice que, en la Misa de
beatificación del arzobispo Sheen, la procesión de entrada
por sí sola duró cuarenta y cinco minutos!). Sin embargo, la
liturgia del banquete del Cordero nunca podrá ser aburrida
para quienes tienen la dicha de participar en ella.
Para empezar, tiene lugar en la eternidad, donde el paso del
tiempo no existe. Podríamos concebir la eternidad de esta
manera: en una canción, la cantante pregunta: «¿Es posible?
¿Has estado bailando toda la noche?». Para ella, el tiempo
se ha desvanecido. Ya sea por amor a la pareja, al baile, o
a ambas cosas, uno no siente más que alegría. Algo así es lo
que se experimenta en la eternidad. Además, la liturgia no
puede ser aburrida, porque nos sentiremos cautivados por
aquellos a quienes veremos allí. Hoy en día, muchas personas
esperan durante horas para ver, aunque sea un instante, al
Papa o al presidente; en la liturgia celestial, ¿acaso no
veremos a Jesús? ¿Y a su madre, María? Es más, nos
reencontraremos con nuestros queridos compañeros que nos han
precedido en el camino hacia la eternidad. ¡No habrá lugar
para el aburrimiento!
Alguien podría preguntarse: ¿cómo podemos ser elegidos para
la liturgia celestial? Es sencillo señalar el camino, aunque
no se puede alcanzar sin esfuerzo. Para participar en el
gran banquete de Dios, debemos vivir hoy las
Bienaventuranzas del Evangelio. En otras palabras, debemos
confiar en Dios como los pobres humildes, tener hambre y sed
de una vida justa, y mostrar compasión hacia quienes están
necesitados.
"Sr. Kathleen Maire OSF" <KathleenEMaire@gmail.com>
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